Esa manía de hacer trampa

ESA MANÍA DE HACER TRAMPA

En la campaña  Atreverse a Pensar, Eafit invita a actuar con honestidad. Presentamos una de las conferencias.

Por : MAURICIO GARCIA VILLEGAS  Para Generación El Colombiano

 Por qué hacemos tanta trampa? ¿Por qué violamos tanto las leyes? Estas son pre­guntas que los colombianos (y sobre todo los antioqueños) nos hacemos desde los tiempos mismos de la colonia. Ya en 1743 el virrey Eslava se lamentaba de que “las provincias de la Nueva Granada eran prácticamente ingobernables”. Más tarde Bolívar se refirió a lo mismo en su Manifiesto de Cartagena: “Los códigos que con­sultaban nuestros magistrados, no eran los que podían enseñarles la ciencia práctica del gobierno, sino los que han formado ciertos buenos visiona­rios que, imaginándose repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política, presu­poniendo la perfectibilidad del linaje humano”. Desde entonces las cosas han cambiado, pero no lo suficiente.

El fenómeno del incumplimiento es muy com­plejo. Pero una manera de entenderlo es empezar por caracterizar las mentalida­des de quienes incumplen. Así aparecen tres personajes violadores de normas: el primero de ellos es un rebelde que incumple porque considera que quien manda (el gobierno, el profesor, el jefe, el funcionario público, el padre, etc.) es injusto, ilegítimo o autoritario. Para el rebelde, el mundo social está dominado por un puñado de usurpadores que detentan el poder; las instituciones y las autoridades carecen de legitimi­dad y, por eso, no hay que perder opor­tunidad para incumplir y dejar de hacer lo que se ordena. El rebelde es un sujeto indómito que reivindica su propia justicia y se opone a todo aquel que quiere someterlo a punta de reglas.

El segundo personaje es un arrogante; en su opinión, las normas deben ser obedecidas; sin embargo, cree que, dada su condición social,  su cultura, su honor, o lo que sea,  esas normas  contemplan excepciones implícitas que le permiten no tener que obedecer. Para el arrogante las leyes son “para los de ruana”, para los del pueblo, no para gente especial o importante como él.

El tercer personaje es el más común de todos, se trata del vivo. Todos sabemos quién es este suje­to: alguien que sólo obedece la regla cuando le conviene. Pero la viveza es un comportamiento ambivalente. Por un lado, es motivo de elogio cuando se refiere a la capacidad para salir avante en situaciones difíciles (como en el caso del paisa protagonista del cuento de don Jesús del Corral, Que pase el aserrador, o en la historia de Peralta, en A la diestra de Dios padre, de don Tomás Carrasquilla). Por otro lado, la viveza puede ser algo reprochable cuando se utiliza para “tumbar”, engañar o sacar provecho de una persona o de una institución, por ejemplo del Estado. Desafortunadamente, en la práctica, la diferencia entre estos dos sentidos de la viveza, se desvane­ce. Cuando el vivo consigue lo que se propone, obtiene elogio más que reproche por su conducta.

Pero si el vivo es un calculador, sus cálculos no siempre son buenos en el mediano y en el largo plazo. Un buen ejemplo de esto es el tránsito: cuando, para llegar primero, todos los conducto­res -o una gran mayoría- violan las normas ele­mentales que ordenan respetar la separación de los carriles, todos terminan obstaculizándose y llegando más tarde de lo que hubieran llegado si hubiesen conducido de manera ordenada, según las reglas.

Estos personajes representan modelos ideales. En la práctica, sin embargo, se combinan: una misma persona puede ser vivo en un momento y arrogante o rebelde después. También hay perso­najes híbridos; por ejemplo, entre el vivo y el rebelde hay uno que podríamos llamar taimado: una especie de rebelde solapado que sabotea lo dicho por la autoridad sin decirlo explícitamente.

El estudio de las mentalidades es importante para entender el fenómeno del incumplimiento, pero no es suficiente. Una misma persona, con una mentalidad incumplidora bien definida puede, súbitamente, convertirse en un cumplidor estricto cuando pasa de un contexto a otro (un “vivo”, que en Medellín incumple las normas de tránsito se convierte en un cumplidor nato cuando viaja a Miami y alquila un automóvil; lo contrario tam­bién es cierto: un gringo que viaja Medellín se adapta rápidamente y termina manejando como los de aquí). Por eso hay que estudiar los contex­tos en los cuales actúan los personajes incumplidores. Esos contextos -como las mentalidades- también varían y estas variaciones dependen de múltiples factores: el tiempo, el lugar, la infraes­tructura, el tipo de normas, las condiciones econó­micas y culturales de los sujetos, el tipo de rela­ciones sociales que mantienen, etc. Pero hay un factor contextual particularmente importante. Me refiero a la capacidad institucional. Está demos­trado que allí donde las instituciones son débiles el incumplimiento aumenta.

¿Qué podemos hacer para evitar las trampas y el incumplimiento? No hay fórmulas mágicas, pero si miramos las mentalidades antes descritas pode­mos ver que existen tres antídotos contra el incum­plimiento. Así, contra la actitud del vivo, se nece­sita una autoridad capaz de imponer sanciones efectivas; así se disuade la viveza. Contra la acti­tud de los rebeldes se requiere una autoridad que sea legítima y respetada por lo que es y por lo que hace. Por último, contra la actitud del arrogante, es indispensable acabar con los fueros, las prerrogati­vas, los privilegios y promover una cultura de la legalidad y la igualdad ciudadana ante la ley

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