Introducción al tema de la sexualidad

1. INTRODUCCIÓN AL TEMA DE LA SEXUALIDAD

Es probable que la preocupación por la sexualidad no contara demasiado en las primeras comunidades cavernarias debido a la vida totalmente insegura de l@s primer@s hombres y mujeres. La persecución de la caza y la búsqueda de frutos, obligaban a un constante cambio de refugios. La sexualidad pasó a ocupar un lugar importante en la civilización con el descubrimiento de la agricultura, pues permitió a las tribus establecerse por períodos prolongados en territorios fijos, con lo que hombres y mujeres pudieron, por fin, conocer el placer de reproducirse. En ese momento, la humanidad identificó a la mujer (da vida) con la tierra (da frutos). Así nació un culto a la sexualidad femenina que posteriormente relegarían, las religiones judaica, cristiana e islámica.

Griegos y latinos conocían la importancia de desarrollar una sexualidad plena; buscaban, por lo tanto, cumplir el ideal de la vida sexual. Educaban a sus niños en el conocimiento de las funciones sexuales. Procuraban exaltar el erotismo, las consideraciones grecolatinas sobre la sexualidad permitían, así mismo, conductas que otras culturas condenarían y perseguirían como, por ejemplo, la noción de hombría que se manejaba en la época grecolatina  no excluía  las conductas homosexuales que no constituían problema para la virilidad. Las historias cuentan ejemplos de homosexualismo desde los dioses mitológicos, como Zeus, hasta los grandes guerreros, como Alejandro Magno. En la sociedad helénica estas conductas  recibían poca censura. Nadie pensaba tampoco que la virilidad de estos personajes disminuyera por sus prácticas, siempre y cuando no afectaran su desempeño en las continuas guerras. La cultura romana no cambió esta visión pues muchos romanos la adoptaron gozosamente para excitar sus rutinarios placeres. Pero la introducción de la moral estoica, en plena época del Imperio, condujo a varios pensadores y gobernantes a condenar las conductas homosexuales.

La religión judía fue de las primeras en reprimirla sexualidad, particularmente la la de las mujeres que eran consideradas simples objetos sexuales. En el Antiguo testamento la función de la mujer era procrear, perpetuar y servir a l@s hij@s. El cristianismo cambió esta visión pero al pasar a ser religión oficial del imperio romano se convirtió en una fuerza política y represiva. El cristianismo designó la sexualidad como algo impuro. El islamismo reprimió aún más ferozmente a las mujeres y continúa esa práctica hasta nuestros días. Lo prueban los velos y pesados rodajes que les obligan a llevar en los países donde es la religión oficial.

En el Oriente, la sociedad buscaba el conocimiento y el desarrollo de las funciones sexuales. En la India son famosos los libros sagrados del erotismo hindú, como el Kama Sutra, que enseñan las maneras de convertir el goce de la sexualidad en una experiencia casi mística. Esto no quiere decir que en estas culturas el desarrollo de la sexualidad triunfara. Las conveniencias políticas y las concepciones machistas mantenían gran número de costumbres atroces y represivas contra las mujeres y las clases más humildes. Entre los peores aspectos de sus ideas sexuales, por ejemplo se encuentra la costumbre del suti. Por ella, la viuda de un hombre debe incinerarse  viva en la pira funeraria de su esposo. Esta práctica fue virtualmente erradicada por los cambios sociales que ese país experimentó en este siglo.

En Occidente, la represión político-religiosa de la sexualidad y sus manifestaciones se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. Sin embargo, entre el siglo XVIII y el actual se dieron diferentes cambios en la mentalidad social. Algunos fueron espectaculares y otros poco perceptibles. Pero todos marcaron el camino hacia la revolución sexual, que ocurrió en la década de 1960 y desembocó en las actuales concepciones sobre este tema.

Por ejemplo, a finales del siglo XVIII el Marqués de Sade introdujo en Francia, entre otras cosas, una nueva visión del placer sexual. Esta fue malentendida en su tiempo, como mera incitación a la perversión y al crimen. Inclusive en la actualidad recibe aún interpretaciones equivocadas.

Durante el siglo XIX, la sexualidad comenzó a estudiarse con mayor serenidad, la represión de sociedades puritanas, como la de Inglaterra en la época de la reina Victoria, continuó. La sociedad victoriana ostentaba varias contradicciones morales. Por ejemplo, exigía continencia sexual a las mujeres “decentes”, y al mismo tiempo toleraba la prostitución como un vertedero inevitable de las necesidades “sucias” de los hombres. Lo peor fue que el concepto Victoriano sobre sexualidad marcó los años posteriores con una serie de creencias equivocadas.

El inicio del siglo XX fue también el principio del importante movimiento de liberación femenina, para situar a la mujer en un plano de igualdad con el hombre. Así empezaron a desecharse los tabúes sobre el cuerpo y su capacidad sexual. Por la misma época, Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, dio a conocer sus revolucionarias teorías sobre la sexualidad humana, que condujeron a una verdadera revolución sexual. Hombres y mujeres comenzaron a preocuparse por entender mejor el desarrollo de sus capacidades y habilidades sexuales. Las dos guerras mundiales aumentaron la permisividad sexual en la sociedad, que a corto plazo propiciaría la liberación conceptual sobre el género.

Poco después se dieron a conocer las investigaciones modernas que permitieron el nacimiento del la sexología como ciencia. Entre estos estudios destacan, por sus revelaciones y su popularización mundial, los que realizaron los doctores William H. Masters y Virginia Jonson, Helen S. Kaplan, Shere Hite, Alfred Kinsey y Wilhelm Reich, entre otros. Tales estudios aparecieron entre 1920 y 1980. Los años 60, con sus movimientos juveniles de transformación política, económica y ética, trajeron un cambio decisivo. La sexualidad se consideró desde entonces como una cualidad única del ser humano; cambió así la actitud de las sociedades hacia el conocimiento de la sexualidad y sus manifestaciones. En nuestros días, la manifestación de la sexualidad ocupa un lugar importante en la vida cotidiana.

Como producto de las investigaciones se ha encontrado que no hay comportamientos sexuales universales. Alfred Kinsey fue el primero en demostrar que dentro de un mismo grupo social, el comportamiento sexual es modificado y matizado por diversos factores, como el sexo, la edad, la religión, la religiosidad, el nivel educativo, el estado civil y el contexto cultural de desarrollo de la persona. Del mismo modo Asayama, Simón y otr@s investigador@s han encontraron diferencias importantes en el comportamiento sexual de las personas(Nuria Sor//, Breve Historia de la Sexualidad, noviembre de 2002).

En el siglo XIX cambios económicos, políticos y sociales hicieron que la naciente psiquiatría de la época le diera formato “científico” a la ideología religiosa y estatal, produciéndose algo hasta ese momento inédito: Se inventan “tipos” de personas con base en las prácticas sexuales que se tienen y al sexo de quien se desea eróticamente.

Así nace “el homosexual”. Una nueva palabra que crea un “espécimen sexual”, un ser “enfermo”. Alguien que porta una identidad con nombre propio, esa que ahora lo definirá y marginará como persona total en base a un aspecto particular de su vida, el sexual. Dado el poder “científico” otorgado a la psiquiatría para definir la salud y la enfermedad como “verdad rebelada” del ser humano, esta maniobra política apuntó a definir al “enferm@” para por contraste definir al “san@”. “Iluminando” con ese acto a la nueva identidad que se proyectaba impulsar a los espacios de poder: “El heterosexual”.

Identificad© el portador de la “tara”, “el enemigo del Estado”, el “traidor” de los valores burgueses, se desprendía “naturalmente” que existiera alguien “normal” llamad© a gobernar por su superioridad moral. El heterosexual será entonces una nueva identidad inventada, que también definirá personas en función del sexo de quien les atrae eróticamente, para así reproducir instituciones tales como el matrimonio, la familia patriarcal, la dominación de hombres sobre mujeres y un determinado tipo de masculinidad destinada a ocupar lugares de control social y político. Instituciones estas que de ahora en más serán vistas como “heterosexuales”.

Implantado este régimen de clasificación de personas, esta fábrica de identidades, este aparato de administración estatal de la vida en base a los gustos sexuales, las personas fueron aprendiendo a verse a sí mismas y a los demás como “heterosexuales” u “homosexuales”, y desarrollando en consecuencia culturas diferenciadas. Se crea así la ilusión de que la sexualidad y las identidades pueden ser compartimentadas solo en dos diferentes y homogéneos bandos, como única posibilidad de existencia social.

Así por ejemplo “l@s heterosexuales”, al sentirse atraíd@s por personas de distinto sexo, entraban en una maquinaria social que los educaba para casarse, ser hombres proveedores de la familia, ser madres, esposas y amas de casa abnegadas, etc. para poder ocupar así, y solo así, un lugar de respetabilidad social.

Por su parte “l@s homosexuales” desarrollaron culturas subterráneas, secretas e invisibles para l@s “normales”, esas marcadas por “el amor que no se atreve a decir su nombre” como escribiera la genial pluma de Oscar Wilde. Seres que migraban a las grandes ciudades para cobijarse en el anonimato que les brindaba, y que producían arte y ciencia en código para no ser identificados con el estigma social. Así fue gestándose lo que hoy conocemos como “cultura gay”.

 El devenir histórico desencadenó que las personas que eran catalogadas bajo esa etiqueta se agruparan. Esto provocó que muchos hombres y mujeres comenzaran a tomar conciencia de su situación de opresión, frente a una cultura que solo concebía un estilo de vida digno y “vivible” como heterosexual. Nacen así los movimientos políticos por la reivindicación de los Derechos Humanos de la Diversidad Sexual.

En el año 1973 ocurre un hecho histórico que marcará el inicio de una nueva etapa para estas identidades creadas en el S. XIX: La Asociación Psiquiátrica Norteamericana elimina de su lista de enfermedades mentales a la Homosexualidad. “A partir de ahora será tan “normal” sentirse atraído por alguien del mismo como de distinto sexo. Nuevamente la psiquiatría hace otro movimiento, pero ahora para reparar lo que había hecho un siglo atrás, luego de toda la violencia y muerte que junto al Estado y la Iglesia provocaron en quienes fueron etiquetados de “enfermos”. 2

Posteriormente la postmodernidad presenta un mundo dentro del cual la diferencia y la diversidad no sólo se toleran sino que se celebran. Aparece en ella un discurso que cuestiona la identidad de los géneros, e introduce una nueva dimensión: la multiplicidad de identidades y el rechazo de la feminidad y la masculinidad como categorías únicas.

El discurso posmoderno cuestionador de la identidad de los géneros afirma que éstos son construidos social y culturalmente. El feminismo ha contribuido a elaborar la teoría que el hombre y la mujer no son conjuntos de datos anatómicos sino construcciones socioculturales. Distinguir entre datos biológicos y género en la sexualidad no implica negar que existan diferencias anatómicas entre mujeres y hombres, ni que haya diferencias por sexo en la experiencia del placer erótico. Lo que se niega es que esas diferencias marquen el comportamiento sexual de las personas y se rechaza que los comportamientos óptimos sean dos, masculino y femenino, con un único modelo normal de relaciones entre ellos, que sería el heterosexual.

En la postmodernidad ya no es posible oponer —como en la modernidad— las formas clásicas: el bien al mal, lo masculino a lo femenino, lo verdadero a lo falso, el capitalismo al comunismo. Las viejas dualidades se han desvanecido. Parece existir una yuxtaposición de todos los géneros, de todas las disciplinas, que antes tenían una definición y, por ende, un fin, una determinación.

Es así como la generación de hombres crece rodeada de una masculinidad menos cerrada, recuperando los espacios de la paternidad, la expresión del afecto, entre otros. Con este cambio se posibilita la existencia de diferentes formas de ser masculino y femenino, esto es, comienza a cuestionarse una única forma establecida por el pensamiento dominante de la cultura bajo los parámetros de la heterosexualidad, para expresar las diferentes formas de ser masculino y femenino en un contexto que permite comenzar a preguntarse por la diversidad sexual como posibilidad.

Se constituye así como uno de los principales objetivos de la sexología de hoy, el construir una disciplina científica, es decir, objetiva, descriptiva y libre de prejuicios.

2 Gabriel Cocimano. Ambigüedades: El transgenero en la Postmodernidad.

Los estudios antropológicos sobre el comportamiento sexual en diversos pueblos como los Malinowsky (1971), Mead (1973), Tullirían (1974) y de manera reciente Gregerson (1983) o los estudios de comportamiento sexual en diversos países (Kinsey, E.U.A. [1948 – 1953]; Asayama, Japón [1957]; Simón, Francia [1972]; Schoffield, Inglaterra [1972]; Klaussner, Israel [1976]; etc.) concluyen que:

  1. Dentro del grupo humano existen infinidad de costumbres y comportamientos sexuales y algunos que son comunes en ciertas sociedades se rechazan en otras. Un ejemplo las relaciones  prematrimoniales que en Tahití o Suecia son lo más natural, son un serio agravio y transgresión en muchos sectores de nuestras sociedades iberoamericanas. Como estos ejemplos pueden citarse cientos.
  2. No hay comportamientos sexuales universales. Alfred Kinsey fue el primero en demostrar que dentro de un mismo grupo social, el comportamiento sexual es modificado y matizado por diversos  factores, como el sexo, la edad, la religión, la religiosidad, el nivel educativo, el estado civil y el contexto cultural de desarrollo de la persona. Del mismo modo Asayama, Simón y otr@s investigador@s han encontrado diferencias importantes en el comportamiento sexual de las personas.
  3. Las actitudes de aceptación o rechazo de los comportamientos sexuales en un mismo grupo humano se modifican con el tiempo y los sucesos histórico-sociales. Hace 15 años era imposible hablar en público sobre la anticoncepción y mucho menos mencionar en  la televisión palabras como pene, vagina, masturbación, entre otros conceptos que ahora son comunes por lo menos en entrevistas especiales. En la actualidad el aborto está legalizado en muchos países y condenado en otros.

De otro lado, desde una perspectiva postmoderna no se plantea la diferencia entre lo normal y lo anormal, esta diferencia no existe porque cuando entendemos que cualquier manifestación de la sexualidad humana se circunscribe al mundo de las expresiones comportamentales de la sexualidad, nos damos cuenta de que resulta imposible tipificar desde esa perspectiva y caemos en la cuenta de que, a lo más, podemos hablar de manifestaciones típicas o atípicas, comunes o poco comunes, pero nunca normales ni anormales, pues no existe “norma” ni a quien se le adjudique el valor moral de imponerla. Por lo que, normal será aquello que refleje mi propio modo de sentir y disfrutar la sexualidad y anormal aquello que la conflictúe y la cargue de culpas y prejuicios.

Lo que sí es cierto es que la expresión comportamental de la sexualidad tiene límites que debe respetar, se refiere a los límites legales que tales acciones implican:

  1. No podemos forzar a nadie a realizar ningún acto sexual en el que no esté de acuerdo, ni por coacción, ni por presión, ni por la fuerza física (aún y cuando se trate de una pareja estable y formal, pues esto constituiría una violación).
  2. No se puede acceder sexualmente a menores de edad, ni hombres ni mujeres, aunque den su consentimiento, ya que esto no es legal y el acto se tipifica como una violación sexual (podemos o no estar de acuerdo con los límites de las edades legales, pero estamos obligados a respetarlas).
  3. No se puede acceder sexualmente a personas con discapacidad mental, como personas con retraso mental, con síndrome de Down o algún otro impedimento que afecte las facultades mentales.
  4. No podemos obligar a nadie a presenciar un acto sexual o a la exposición del propio cuerpo al desnudo a menos que esté de acuerdo, sea mayor de edad y su consentimiento sea legal.
  5. Es recomendable cuidar siempre de la integridad física y emocional de los participantes en un acto sexual, de modo que sus vidas o estabilidad no corran riesgos.

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